La noche en la mansión Di Santi se convirtió en una prueba de fuego para el temple del gran demonio. Apenas Cassandra intentó levantarse tras el primer estallido de llanto, la mano firme pero tierna de Ángelo la detuvo, presionando su hombro suavemente contra la almohada.
—No, mi rebelde... descansa. Has pasado por un quirófano, un hospital y el estrés de los Ling. Por favor, déjame esto a mí —susurró Ángelo con la voz ronca pero decidida.
—Ángelo, son tres... te van a volver loco —respondió el