El ambiente en la habitación cambió de la frialdad clínica a una calidez femenina y cómplice. Cassandra, con una paciencia infinita, ayudó a Clara a llegar hasta el baño. Entre risas suaves y el vapor del agua tibia, la ayudó a lavarse el cabello, usando esas esencias que a Clara tanto le gustaban. Con cuidado, Cassandra la maquilló sutilmente para ocultar la palidez del tratamiento y resaltó sus ojos, esos que Wei tanto adoraba.
—Estás preciosa, Clara. Ni la leucemia puede con tu belleza —le d