La fiesta de bienvenida transcurría entre risas y brindis, pero en los rincones de la mansión, los secretos seguían fluyendo. Mientras todos celebraban, Zhang y Elizabeth compartieron una mirada cargada de electricidad; él le rozó la mano vendada, un recordatorio silencioso de que su "deuda" en casa aún no estaba saldada, mientras ella le sonreía con esa audacia que tanto lo volvía loco.
De pronto, el ambiente se tensó. Mein Ling, que estaba conversando con la abuela Marta, se llevó una mano a