La mansión de los Hamptons estaba sumergida en un silencio sepulcral, roto solo por el susurro del viento entre los pinos. Ángelo, vestido completamente de negro, se ajustó la máscara táctica de fibra de carbono que ocultaba su identidad, dejando solo sus ojos de depredador a la vista. A su lado, Vicente, el guardaespaldas cuya lealtad era más sólida que el acero, revisaba el armamento de la unidad de élite que los escoltaría.
—Todo despejado, jefe. La seguridad sutil está posicionada hasta los