Mundo ficciónIniciar sesiónEl vestidor olía a desinfectante barato y cansancio acumulado, las luces blancas parpadeaban apenas, como si incluso ellas estuvieran agotadas. Cassandra cerró la puerta detrás de ella y apoyó la espalda contra el metal frío.
Su uniforme estaba arrugado. Manchado. La tela azul claro ya no lucía impecable como esa mañana. Sus manos temblaban, no sabía si era rabia… o miedo, sacó la advertencia del bolsillo. El papel crujió entre sus dedos. —Conducta inapropiada frente al personal médico… —susurró para sí misma. Sus labios se tensaron, con conducta inapropiada. Ella. La que jamás había levantado la voz en una sala. Cerró los ojos, la imagen de su hermana apareció sin permiso, pequeña, palida y con esa sonrisa débil que cada día parecía apagarse un poco más. Clara hoy no quiso comer…Hoy volvió a sangrar por la nariz…Hoy preguntó si se iba a morir… El aire se le atoró en el pecho. —No te vas a morir… —murmuró, como si su hermana pudiera escucharla desde la distancia—. No mientras yo respire. Sus manos se apretaron hasta que los nudillos se pusieron blancos. Sandra. Sabía perfectamente lo que había hecho, había esperado el momento exacto, la comida derramada, las palabras malintencionadas y lo peor no fue la humillación, fue que tocaran a su hermana con la boca sucia. —Con ella no… —susurró con rabia contenida—. Con ella no se metan. Una lágrima resbaló, pero Cassandra la limpió con brusquedad, no podía quebrarse, no ahora, no cuando todo dependía de ella, en ese momento, desde el pasillo, una enfermera pasó hablando con otra: —¿Supiste lo del empresario? —¿El del código rojo? —Sí… dicen que falleció esta madrugada. El tal Angelo De Santi. Cassandra levantó la cabeza, el corazón le dio un golpe seco. —¿Murió…? —murmuró apenas. Sintió algo extraño, no era tristeza, no era alivio, era… vacío, el hombre que había pedido específicamente que ella lo cuidara, el hombre cuyo nombre había provocado silencio en el doctor Arrieta. Muerto. Entonces… todo esto fue por nada, el papel cayó al suelo, y por primera vez en mucho tiempo, Cassandra sintió que el mundo realmente podía aplastarla. Oficina administrativa – Media hora después. Sandra estaba sentada frente al escritorio de la directora médica, de piernas cruzadas, espalda recta, cabello perfectamente recogido y ella sonreía. —Yo no quería llegar a esto —dijo con tono suave, casi dolido—. Pero me preocupa la estabilidad emocional de Cassandra. La directora frunció el ceño. —Ella siempre ha tenido un buen expediente. Sandra suspiró, fingiendo pesar. —Eso pensaba yo también… pero desde que ingresó el empresario De Santi comenzó a comportarse extraño. Muy… obsesiva. —¿Obsesiva? Sandra inclinó apenas la cabeza. —Insistía en saber quién era. Preguntaba demasiado. Y hoy… explotó en la cafetería. Delante de todos. La directora entrelazó los dedos. —Recibimos quejas, sí. Sandra bajó la voz. —Y ahora que el señor De Santi falleció… el hospital está bajo lupa. Prensa. Inversionistas. No podemos permitir escándalos internos. La directora la observó en silencio. Sandra sabía exactamente qué estaba haciendo, sembrando duda. —Si la dejamos cerca de pacientes importantes —continuó— y vuelve a perder el control… sería peligroso. Sobre todo ahora que sabemos que puede involucrarse emocionalmente. La directora respiró hondo. —¿Qué sugieres? Sandra bajó la mirada con falsa humildad. —Quizá suspenderla temporalmente. Evaluación psicológica. Algo discreto… antes de que afecte la reputación del hospital. Hubo un silencio, que no daba calma más bien daba un miedo a lo que pudiera pasar, Sandra sintió el sabor del triunfo en la lengua. Entonces agregó, casi como si lo recordara de repente: —Además… ella tiene problemas familiares, una hermana enferma, está bajo mucha presión. No sería raro que eso la esté afectando profesionalmente. La directora tomó nota. —Lo evaluaré. Sandra sonrió, sabía que era cuestión de tiempo. Mientras tanto, en la televisión pequeña de la oficina, apareció la noticia: “Fallece el empresario Angelo De Santi tras complicaciones por accidente automovilístico. El hospital confirmó su muerte esta madrugada…” Sandra alzó la vista. —Qué tragedia… —murmuró con fingida tristeza. Pero en el fondo, algo la inquietó, porque había hombres extraños rondando el hospital desde la madrugada y algo en su instinto le decía que esa muerte… no era tan simple. *** Residencia privada – Sala oscura – Noche El televisor iluminaba el rostro de Isabella con destellos fríos. En pantalla: “Última hora. El empresario Angelo Di Santi falleció esta madrugada en el hospital San Gabriel tras complicaciones derivadas de un accidente automovilístico…” Isabella dejó la copa de vino a medio camino, su respiración se detuvo. —No… —susurró. El hombre frente a ella, elegante, traje oscuro impecable, sonrisa apenas contenida… su hermano. Leonardo Di Santi. —Sube el volumen —ordenó con calma peligrosa. La noticia continuó. “Fuentes internas confirmaron que el paciente estaba en estado crítico desde su ingreso…” Silencio, y luego Leonardo soltó una carcajada baja, lenta y oscura. —Por fin… —murmuró. Se levantó del sillón y se sirvió whisky. —Te dije que no sobreviviría. Nadie sobrevive cuando yo cierro el círculo. Isabella se llevó una mano a la boca, no lloraba, no estaba triste, estaba… eufórica. —¿De verdad…? —preguntó con voz temblorosa, pero no de miedo. De alivio—. ¿Está muerto? Leonardo levantó su vaso. —Muerto. Isabella soltó una risa nerviosa que se transformó en algo más profundo. —Al fin… —susurró—. Al fin se murió. Caminó hacia la ventana, abrió las cortinas, ña ciudad seguía viva. —Soy libre —dijo en voz baja—. ¿Escuchaste? Soy libre. Leonardo la observó. —Libre de él… pero no de mí. Isabella giró apenas el rostro. Su sonrisa no desapareció, porque ella creía haber ganado, no sabía que Angelo había sido quien movió la pieza final. Mansión Di Santi – Salón principal El teléfono cayó de las manos de la mujer cuando escuchó la noticia, su nombre era Valentina Di Santi, Elegante incluso en el dolor. Cabello oscuro recogido en un moño bajo. Vestido negro de seda. Collar de perlas que ahora temblaba contra su pecho. —No… —susurró. La empleada intentó sostenerla. —Señora Valentina… Ella negó con la cabeza. —Mi hijo no… mi hijo no puede estar muerto. Las lágrimas comenzaron a caer sin control, no eran gritos, era un dolor contenido, un dolor aristocrático que se rompe en silencio. —Preparen el auto —ordenó con voz quebrada—. Vamos al hospital. Ahora. Hospital San Gabriel – Entrada privada La prensa estaba lejos, la noticia apenas empezaba a expandirse, Valentina caminó con paso firme, aunque sus manos temblaban dentro de los guantes negros. El doctor Arrieta la recibió con el rostro serio. —Señora Di Santi… —Quiero ver a mi hijo. Dijo directa y sin rodeos, el doctor bajó la mirada. —Lamentamos profundamente su pérdida. Valentina dio un paso adelante. —No le estoy pidiendo condolencias. Le estoy pidiendo a mi hijo. Hubo un silencio que daba más miedo que calma, el doctor asintió y la condujo por un pasillo frío, cada paso resonaba como un eco, la puerta de la morgue se abrió, el cuerpo estaba cubierto, Valentina se acercó, sus dedos temblaron cuando levantó la sábana y allí estaba, e rostro inmóvil y pálido, sin expresión, ella se quebró. —Ángelo… —susurró, tocando su mejilla fría—. Mi bambino… Las lágrimas cayeron sin elegancia esta vez. —Te lo prometí… te prometí que te protegería… pero en algún lugar, muy lejos de ahí, en una de sus propiedades ocultas… Angelo Di Santi respiraba, esperaba, observaba, y dejando que el mundo creyera que había muerto. Hospital San Gabriel – Pasillo privado – Madrugada. El aire olía a desinfectante y mentira, Valentina Di Santi permanecía sentada en una silla de cuero junto a la sala privada donde “descansaba” el cuerpo de su hijo. Sus manos seguían cubiertas con los guantes negros. No se los había quitado. No quería sentir el frío real otra vez. Sus ojos estaban rojos. Pero su postura seguía recta, siempre recta, el sonido de pasos firmes se aproximó por el pasillo, un hombre con traje gris oscuro, corbata perfectamente ajustada, reloj de oro discreto era nada menos que Leonardo Di Santi.....Su rostro estaba compuesto en una expresión de dolor contenido, la mandíbula apretada, los ojos húmedos… ensayados. —Madre… Valentina levantó la mirada y en ese instante no vio al estratega, no vio al ambicioso, vio a su hijo el que aún respiraba. —Leonardo… —susurró. Él se inclinó frente a ella y tomó sus manos con una delicadeza calculada. —Lamento lo de mi hermano —dijo en voz baja— Te prometo que no estarás sola. Valentina rompió en llanto nuevamente. —No debí dejarlo ir esa noche… —susurró—Algo no estaba bien, yo lo sentí. Leonardo sostuvo su rostro con ternura fingida. —No podías saberlo, fue un accidente. Accidente. La palabra cayó como una sentencia limpia, pero en sus ojos cruzó un brillo distinto, uno que nadie vio. —¿Lo viste? —preguntó ella con voz rota. Leonardo asintió lentamente. —Sí— dijo el sabiendo que era mentira. —Parecía… tranquilo —agregó—Como si ya no cargara el peso de todo esto. Valentina cerró los ojos con dolor. —Era fuerte… demasiado fuerte para este mundo. Leonardo apretó los dientes apenas. “Y demasiado fuerte para mí”, pensó, pero en voz alta dijo: —Ahora yo me encargaré. Ella lo miró. —¿De qué hablas? Leonardo se puso de pie con elegancia impecable. —De la empresa, de los socios, de los enemigos que puedan aprovechar esto, no permitiré que el apellido Di Santi se debilite. Valentina lo observó largo rato, había algo en su tono, algo… frío. —No conviertas esto en una guerra, Leonardo. Él sonrió apenas con una sonrisa mínima. —La guerra terminó, madre. Silencio, un hombre de seguridad se acercó y susurró algo al oído de Leonardo. “Los medios ya confirmaron el fallecimiento. Todo está circulando.” Leonardo asintió, perfecto, el mundo entero ya lloraba a Angelo, y los enemigos empezarían a moverse, justo como él quería y volvió a mirar a su madre. —Debemos organizar el funeral privado, sin prensa, sin exhibiciones. Valentina se levantó con dificultad. —No quiero cámaras, no quiero discursos. Leonardo tomó su brazo con firmeza protectora. —Yo me encargo de todo. Y mientras caminaban por el pasillo, su rostro cambió apenas cuando ella dejó de verlo, una sombra cruzó sus facciones, un destello oscuro. Porque si Angelo realmente estuviera muerto… Leonardo sería el rey y si no lo estaba...Pronto lo sabría.






