La mansión estaba sumida en un silencio sepulcral, de esos que zumban en los oídos. Isabella caminaba descalza, sintiendo el mármol frío bajo sus pies, mientras el vino tinto de su copa oscilaba con un brillo sangriento. Desde el "accidente" de Ángelo, el poder le sentaba de maravilla, pero esa noche el aire pesaba demasiado.
De pronto, la luz del pasillo parpadeó con un chasquido eléctrico. Isabella se detuvo, el corazón dándole un vuelco. Las bombillas estallaron una a una en una secuencia le