La mañana nació fría, envuelta en una bruma gris que parecía respetar el luto tardío de la familia. El convoy de camionetas negras de la organización se detuvo frente a un sector apartado del cementerio, un lugar que hasta hace poco era un matorral de olvido.
Ángelo, sentado en su silla de ruedas, lideraba el camino por el sendero de grava. A su lado, Marta caminaba con pasos lentos, apoyada en el brazo de Cassandra, mientras Clara caminaba en silencio, apretando contra su pecho un ramo de liri