Ángelo dio por terminada la terapia en el agua con un gesto seco pero lleno de determinación. Cassandra, con la eficiencia de una enfermera y la ternura de una mujer enamorada, lo ayudó a salir de la piscina, secando su torso musculoso con una toalla suave antes de ayudarlo a vestirse con una bata de seda negra.
—Confío en tu poder y en tu sabiduría, Ángelo —le dijo Cassandra, mirándolo fijamente mientras le ajustaba el cinturón de la bata—. Pero te pido que actúes con la cabeza fría. Leonardo