El momento de paz se quebró con la llegada de Marco. Sus pasos eran rápidos, pesados sobre la grava del jardín. Se acercó a Angelo y se inclinó, susurrándole al oído con voz urgente mientras Cassandra, a unos metros, cortaba unos limones frescos para llevarle a su familia, ajena por un segundo a la tormenta que se desataba.
—Los franceses, señor —murmuró Marco—. Dicen que es urgente. Juran por su honor que ellos no tocaron el cargamento. Que la quema fue obra de alguien más buscando una guerra.