En los muelles, el ambiente era una carnicería de sombras. Wei y Zhang, impulsados por la frustración y el silencio de sus esposas, no tuvieron piedad. Entre contenedores oxidados y el olor a salitre, interrogaron a los infiltrados con una frialdad que asustó incluso a los hombres de Ángelo.
—¡Habla! ¿Quién les dio las rutas? —rugía Zhang, mientras Wei observaba desde las sombras con una mirada gélida.
Una vez obtenida la información (una filtración desde una facción menor en Hong Kong), los he