Un par de días después del intenso torbellino en la oficina, la paz más absoluta reinaba en el ala principal de la cabaña del norte. En la habitación de los líderes, la luz suave de la tarde se filtraba por los grandes ventanales, creando una atmósfera de calidez perfecta.
Mein Ling estaba sentada en medio de la enorme cama, apoyada contra los mullidos cojines de seda. En sus brazos, envuelta en una delicada mantita rosa, sostenía a la pequeña Yang. La imponente emperatriz de la Tríada contempl