Mientras tanto, Wei ya estaba en posición. Había movilizado a treinta hombres de la Sakura, vestidos de negro, camuflados en las sombras del perímetro de la mansión James. Wei no estaba ahí para hablar. Había bloqueado todas las salidas con camiones blindados de carga.
—Si intenta salir, quiero que el coche sea un colador —ordenó Wei por el intercomunicador—. Pero no toquen a la chica. Si la rozan, responderán ante mí.
La mansión era un nido de víboras. Karl James estaba fuera de sí, arrastran