Clara encontró a Elizabeth en el baño del colegio, lavándose la cara con desesperación. Al ver el rostro de su amiga, Clara sintió que el odio hacia Karl James se convertía en un motor imparable.
—Elizabeth, mírame —dijo Clara, sujetándola por los hombros mientras la obligaba a mirarse al espejo—. No te atrevas a decir que ya no podemos ser amigas. Ese hombre no tiene derecho a dictar tu vida. Él cree que puede romperte, pero eres más fuerte que sus golpes.
—Clara, no entiendes... si me ve cont