La mansión de los James, ahora silenciosa y envuelta en cintas policiales, era el escenario de un duelo que iba más allá de la muerte. La noticia había estallado:
"Karl James, el magnate caído, se quita la vida tras confesar el asesinato de su esposa bajo el peso de sus crímenes".
Elizabeth estaba sentada en el suelo de la sala principal, en el mismo lugar donde su madre había caído. Sus ojos, antes llenos de un desdén gótico y fuerza, ahora estaban vacíos, opacos. Había dejado de ser la chi