El Mercedes negro avanzaba lento por las calles empedradas que llevaban a la villa Rossi, los faros cortando la oscuridad como cuchillos. Dentro del habitáculo trasero, el aire estaba cargado, espeso, casi irrespirable. Cassandra intentaba mantener la respiración controlada, las manos apretadas en el regazo sobre la seda roja, pero cada vez que inhalaba sentía el perfume de Ángelo —cuero, colonia oscura, algo salvaje— invadiéndola como una droga.
Él no había quitado la mano de su muslo desde qu