Leonardo llegó a la casa que compartía con Isabella poco después del mediodía, el traje arrugado, la mejilla aún roja por la bofetada de Valentina y los ojos inyectados de rabia. Cerró la puerta de un portazo que hizo vibrar las ventanas. Isabella lo esperaba en la sala, con el rostro pálido pero los ojos ardiendo de furia contenida.
—¿Qué carajos hiciste? —le gritó Isabella apenas lo vio, levantándose del sofá como un resorte—. ¡Te lanzaste contra él como un idiota! ¡Lo empujaste, lo golpeaste