El eco de la máscara golpeando el mármol aún vibraba en la catedral cuando Isabella abrió los ojos entre espasmos. Los paramédicos la rodeaban, pero ella solo podía ver la figura imponente de Ángelo, cuya mirada la atravesaba como una sentencia de muerte.
—¡Tú... tú estás muerto! ¡Te vi en el espejo! —chilló Isabella, señalándolo con un dedo tembloroso mientras el velo se le enredaba en el rostro—. ¡Es un demonio, sáquenlo de aquí!
Se desvaneció de nuevo en los brazos de un Leonardo desencajado