Sin despegar los labios de su piel, Wei descendió. Sus manos, grandes y firmes, recorrieron la curva de su cadera con una posesividad que hizo que Clara se estremeciera violentamente. Cuando llegó a sus pechos, su lengua comenzó un recorrido deliberado, lamiendo la piel sensible y subiendo hasta el pezón, donde sus dientes se cerraron con una presión justa, provocando un gemido agudo que Clara no pudo contener.
—¡Ahhh... Wei, por favor...! —la voz de ella era un ruego, una súplica que él escuch