La puerta del despacho se abrió de golpe. Akira, impulsada por la arrogancia de quien nunca ha recibido un "no", entró con la cabeza en alto, sin imaginar que el aire en la habitación había cambiado de temperatura.
—¡Padre, no entiendo qué es este teatro! —exclamó, interrumpiendo el silencio sepulcral—. ¡Exijo que terminemos esto y nos retiremos, este lugar es una pocilga!
Mein Ling ni siquiera se levantó de su silla. Sus ojos, afilados como dagas de obsidiana, se clavaron en la joven.
—Mira, n