La mansión de Mein Ling se había transformado en un hospital de guerra. El Dr. Arrieta se movía con agilidad entre los heridos, escoltado por enfermeras que trabajaban en silencio. En la habitación principal, Ángelo abrió los ojos, sintiendo el cuerpo como si le hubiera pasado un camión encima.
—¿Cassandra...? ¿El bebé? —fue lo primero que salió de sus labios resecos.
—Tranquilo, Ángelo —lo calmó Arrieta, ajustando el suero—. Ella está bajo control. La herida en el brazo fue limpia, no perdió d