Afuera, la noche de Nueva York se convirtió en un campo de batalla silencioso. Un convoy de bestias de acero se detuvo a quinientos metros. Ángelo, la Legión, los franceses y los Sakura avanzaban como una marea de muerte.
En la camioneta de asalto, Wei mantenía la vista fija en la bodega, pero sus sentidos estaban alerta. Un rastro dulce, una esencia familiar de flores y vainilla, llegó a su nariz. Clara. Su perfume lo delataba. Wei cerró los ojos un segundo; sabía que estaba ahí oculta, pero e