El hangar privado del aeropuerto de Miami estaba inundado por la luz dorada de la mañana. No había tensión, no había chalecos antibalas a la vista; solo el rugido suave de los motores del jet privado que esperaba en la pista y una atmósfera desbordante de risas, abrazos y una felicidad pura que se contagiaba en el aire. Toda la familia se había reunido con un solo propósito: despedir a los futuros padres en su viaje hacia la paz de la Toscana.
Mein, luciendo un vestido de maternidad holgado col