La atmósfera en la residencia Ling se mantenía impregnada de esa misma paz mágica que había bendecido el cumpleaños de Ángelo. Más tarde esa misma noche, lejos del bullicio del comedor y de las miradas de la cúpula, Mein y Arrieta encontraron su propio santuario en la intimidad de su habitación.
El contraste entre ambos siempre había sido magnético, pero ahora, bajo el velo de la intimidad, era puramente sublime. Mein, la mujer de hierro que manejaba hilos invisibles en el hampa con una eleganc