El papel estaba a punto de desintegrarse entre los inmensos dedos de Damien. El tono ámbar de sus ojos se tornó, en cuestión de segundos, en un rojo puro y feroz. Hasta el viento que soplaba sobre el valle fue cortado de tajo por la abrumadora aura de Alfa que emanaba de su cuerpo; todos los sonidos en el patio enmudecieron de golpe.
—Guerra... —susurró mi marido, arrancando cada palabra de entre sus dientes, casi destrozándolas—. Creí que todo había terminado cuando quemé aquellos parlamentos