Cuando cruzamos el límite de Estambul eran las siete de la mañana, y el legendario y desalmado atasco del peaje de Mahmutbey nos tenía atrapados en medio de un mar de hormigón.
Tras el frío helado, el silencio y las tierras del Norte que se nutren de sangre, el humo de los escapes y el estruendo incesante de los cláxones se sentían, por un momento, más letales que un ataque con armas biológicas. Jax tenía las manos apretadas al volante del SUV y la cabeza apoyada contra él mientras gemía.
—Me v