La paz en el Norte siempre tenía el filo de un cuchillo recién afilado; brillaba bajo el sol, pero bastaba un paso en falso para sangrar.
A la mañana siguiente, el aire en la mansión era inusualmente denso. No era la humedad característica de los bosques que rodeaban el valle, sino una pesadez estática, casi imperceptible, que erizaba los vellos de la nuca. Estaba de pie junto a la cuna de madera que el maestro Halim había tallado, observando a Julien. El niño no había pegado ojo desde el amane