En el instante en que la puerta de acero inoxidable del laboratorio se cerró a nuestras espaldas, el aire estéril del interior fue reemplazado por el agudo hedor a pólvora y ácido que se filtraba desde el exterior. Clara pasó el cerrojo dos veces y la cerró con llave, con las manos temblorosas. El viejo Elías y las familias refugiadas se habían agazapado en el rincón más alejado de la habitación, entre los armarios de metal; los sollozos ahogados de las mujeres y las respiraciones aterradas de