Ámbar
Salgo de aquella reunión con el corazón roto, sin comprender del todo por qué me siento así.
No, sí lo sé. Es David.
Él es el único hombre del que me he enamorado en la vida, el único que he deseado de verdad. Y de pronto, sentir todo esto por otro, aunque sea la persona que más admiro, es simplemente aterrador.
—Su abrigo —me dice Martín, entregándomelo—. El señor Oviedo insistió en que no saliera sin él.
—¿Qué? —pregunto aturdida.
—Por favor —insiste—. Póngaselo.
Me siento en sile