Ámbar
Puedo escuchar mi propio pulso mientras cruzo el pequeño pasillo que conecta la entrada con el resto de la lujosa suite. Al atravesarlo, volteo hacia la derecha, pero me doy cuenta de que por ahí está la puerta de la habitación.
—Es por acá —me indica el agente, señalando hacia nuestra izquierda.
Me cuesta algunos segundos moverme. Todo aquí huele demasiado bien, y no solo por la comida.
También descubro que no quiero voltear, porque ese olor no me parece que le pertenezca a un hombre may