Ámbar
Siempre he dado por sentado que, en estos cinco años, David debió tener mujeres hermosas a su alrededor y puedo vivir con eso. Sin embargo, ahora que he escuchado a esa supuesta empleada, el peso de los celos se siente como una pesada roca en mi estómago y no me deja dormir.
—Es horrible —me quejo con Ruth en la oficina—. No puedo creer que haya sido tan tonta.
—Eres tonta, en definitiva —asiente—, pero por creer que puede haber algo entre ellos.
—¿Qué?
—David te explicó que es una