David
Una vez que Ámbar se marcha con su chófer, regreso al restaurante para cumplir con mi misión, que es objetivamente absurda. Aun así, no me importa. Simplemente, no puedo ignorar este coqueteo, y como no puedo reprocharle nada a Ámbar, alguien tiene que pagar los platos rotos.
—Señor, no lo sabía, por favor, disculpe —me pide el mesero mientras lo sujeto del cuello de la camisa.
—¿Cómo no vas a saberlo? ¿Te parece normal que una mujer y un hombre cenen solos?
—Bueno, es que no le vi el