David
Ámbar se mantiene inmóvil mientras yo rodeo el escritorio para acercarme. Me cuesta hacerlo después de enterarme de la verdad, pero no pienso dejarla salir de esta oficina, al menos no todavía.
—¿Por qué tienes tanta prisa por irte? —le pregunto, sujetándola por el mentón—. ¿Acaso quieres gozar de más libertades? ¿Estás celosa?
—Estás enfermo, David, demasiado —me responde, negando con la cabeza y retrocediendo—. Bien, consultaré con tu padre a cuánto ascienden los intereses y te los pagar