—No eres un objeto, maldita sea —gruñí, bajando la cabeza hasta que nuestras frentes se tocaron—. Pero eres la mujer que estuvo en mi cama anoche, y no voy a dejar que un extraño meta las narices donde no lo llaman. Dame ese maldito número.
—¡Ven a buscarlo! —desafió ella, soltando una risa provocadora.
En un movimiento rápido, ella se zafó y agarró el bolso, lanzándolo sobre la cama. Me lancé tras ella, atrapándola por la cintura y cayendo ambos sobre el colchón revuelto. Isabella reía y force