La mañana en la estación había empezado con una calma sospechosa. El sol de Thalassa entraba por los grandes portones del hangar, iluminando el camión 22 que Liam y Mía pulían con una parsimonia perezosa, todavía arrastrando las secuelas de la fiesta del viernes. Gabriel estaba en su oficina, con la puerta entreabierta, tratando de concentrarse en un informe de suministros, aunque sus ojos se escapaban cada dos minutos hacia el escritorio de Isabella.
Ella estaba allí, impecable en su uniforme