Kereem…
Las paredes de la ONU pueden parecer frías, impersonales, diseñadas para ocultar el ruido del mundo, pero yo podía escuchar todo. El latido bajo la mesa, la tensión de los hombros, los dedos inquietos, incluso el murmullo disfrazado de protocolo entre Eduardo y Zahar.
Y ese último era el que más me hervía en la sangre, a pesar de que estuviera trabajando.
Por Alá… esa mujer.
Ella, tan malditamente hermosa, tan impecable en su papel, con la postura erguida, los ojos como centellas cuando