Zahar…
Apenas cerré la puerta detrás de él, su energía invadió cada rincón del apartamento.
Kereem no era un hombre que se adaptaba a los espacios: los ocupaba y los dominaba. Caminó hacia mí con una calma peligrosa, esa que solo tienen los hombres que saben exactamente lo que van a hacer con tu cuerpo.
—¿Quieres servirlo tú… o lo hago yo? —preguntó, alzando la botella de vino y mostrándomela.
—Sirve tú… después de todo, fue tu idea —le respondí, descalza aún, con la bata ceñida al cuerpo y me