Zahar…
La noche en la ciudad no tenía estrellas. Solo luces artificiales y un silencio cargado que parecía preludio de la tormenta.
Eduardo se acomodó en el asiento de la camioneta como si todo le resultara divertido.
—Te ves tensa —comentó de repente—. ¿Estás bien?
Me obligué a mirar al frente y negué. Después de todo, era su culpa que nos dirigiéramos a ese lugar, al que Kereem nos había invitado, pero estaba aquí como un disfraz de diplomacia, así que no tenía opción.
—Solo quería descansar