Zahar.
Víctor…
El jueves por la mañana, llegué más temprano de lo acostumbrado a la empresa, porque Alessia debía atender otros asuntos de Víctor, así que a las ocho de la mañana estaba colocando su café en la mesa, y estaba buscando las bolsitas de azúcar cuando él entró a la oficina.
—Buenos días, qué grata sorpresa, tú por la mañana —le sonreí.
Ya me estaba acostumbrando a su compañía, sobre todo a sus constantes palabras de halago.
—Buenos días, señor.
—Víctor. Víctor cuando estemos solos.