La habitación estaba en silencio; la ciudad dormía pacíficamente. El cielo infinito me observaba en calma, desplegando sus millares de estrellas. En el horizonte, la luna, tímida y errante, derramó una lágrima que reposó junto a mí.
Sentía una tristeza en el corazón, como un vacío que me carcomía despacio, lento y cruel. Esa noche, mi marido ni siquiera insistió.
A la mañana siguiente me dirigí al metro para asistir puntualmente a mi trabajo. No es que me emocionara volver a ese lugar, pero deb