Una franja tenue comenzaba a dibujarse en el horizonte. Los tonos grisáceos y el azul profundo se diluían lentamente. El suave golpe del agua contra el casco del yate marcaba un ritmo constante. Todo parecía en calma.
El torso de mi marido subía y bajaba con una serenidad casi etérea.
Hasta que una gaviota golpeó la ventana de nuestro camarote.
El leve sonido provocó un lento pestañeo; no fue un simple movimiento… había algo peligrosamente seductor en él. Me perdí contemplando sus facciones: