El salón estaba desbordando elegancia; los candelabros que me topé apenas entré eran realmente perfectos, las copas de cristal eran relucientes y los murmullos no eran agradables porque prefiero las cosas tranquilas, pero estaba bien. Y la vi al instante: la amante de Alejandro, confiada como siempre y con esa sonrisa que pretendía intimidar. Mi vestido sencillo pero impecable contrastaba con los destellos excesivos de Alejandro, que ya la observaba con cierta atención. Al verla acercarse, resp