Capitulo 17- Rabia que quema

Alejandro no pronunció una sola palabra desde que salimos del café. Conducía con la mirada fija al frente, la mandíbula tensa, como si cada kilómetro fuera una batalla que se libraba solo dentro de su cabeza. Observé sus manos aferradas al volante, blancas por la presión, y supe que ese silencio era peor que cualquier palabra.

No era calma.

Era contención.

Al llegar a la mansión, Alejandro apagó el motor de golpe. El sonido seco resonó en el interior del auto como un dis
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