Se dirigió a la estancia de recepción, una sala amplia con muebles de cuero oscuro y ventanales que daban a los jardines devastados. Allí los esperaba un hombre: italiano, de unos cuarenta años, vestido con un traje caro pero discreto, de corte impecable. Tenía el porte de alguien acostumbrado al poder y a la violencia contenida. Sus ojos, astutos, evaluaron a Gianni al instante.
Gianni avanzó con confianza, estrechando la mano del recién llegado con un apretón firme. El italiano se presentó.
—