La noche en Moscú era un monstruo vivo. El aire helado cortaba como cuchillas, cargado del olor a humo de incendios distantes, basura acumulada y el dulzón tufo de la sangre vieja.
La nieve sucia, pisoteada y mezclada con escombros, crujía bajo las pesadas ruedas de los vehículos blindados que avanzaban como bestias de acero por las calles desiertas. Gianni iba al frente, en el primer blindado, su perfil recortado contra el parabrisas reforzado, iluminado solo por los faros antiniebla que cortab