La habitación privada era un capullo de terciopelo negro y luces moradas que latían al ritmo de un bajo distante. Gianni ocupaba el centro del sofá de cuero, un rey en su trono de sombras, los brazos extendidos sobre el respaldo.
César, pegado a la pared junto a un guardaespaldas de rostro impasible, tragaba saliva. Noventa millones pesaban en el aire como un jadeo colectivo.
Afuera, el Vermelion hervía. La encargada, su vestido rojo como una herida abierta, abrió paso entre la masa sudorosa de