El primer retorno a la conciencia fue una agonía. Un martilleo sordo en las sienes, un peso insoportable en los hombros, un frío húmedo que se le clavaba en los huesos.
Ivanka abrió los ojos, pero la oscuridad era tan densa que por un instante aterrador creyó haber quedado ciega. Solo el parpadeo intermitente, espasmódico, de una bombilla desnuda colgando de un cable pelado más allá de los barrotes de su celda, proyectaba sombras grotescas y danzantes sobre las paredes de piedra sucia.
El movim