La pared del pasillo subterráneo de la DIGE era fría como una lápida contra la frente sudorosa de Gianni. Respiró hondo, pero el aire viciado, cargado del olor a desinfectante, sudor y pólvora, no calmó el fuego que le ardía en las venas.
El fracaso tenía un sabor amargo y familiar, pero esta vez venía sazonado con una humillación personal. Semyon Volkov, yacía en una celda de máxima seguridad... y había resultado ser un pozo seco. No había soltado una palabra útil.
Pero peor que el silencio de