El silencio en la biblioteca de la mansión Volkov era tan denso como el polvo de los libros antiguos, pero infinitamente más cargado. No era un silencio de paz, sino el de una herida abierta, palpitante de rabia y veneno. Sasha Volkova ocupaba el gran sillón de cuero, su sillón, el trono simbólico desde el que su esposo gobernaba mentalmente. Pero hoy, por primera vez, no era su lugar por derecho propio o por reflejo de su poder. Hoy, lo ocupaba por usurpación, por desesperación, por la necesid