La mansión Volkov, envuelta en la niebla fría de la madrugada petersburguesa, parecía un barco fantasma anclado en un mar de silencio.
Dentro, el peso de las horas recientes aplastaba como plomo los hombros de Ivanka. Había coordinado desde la biblioteca, el nuevo "trono" que su padre le había otorgado, la transmisión de órdenes, la monitorización de los canales cifrados tras la fallida captura de Semyon y la explosión en la DIGE.
Cada instrucción había sido dada con la serenidad glacial de la K