El Aston Martin negro rugió por la carretera solitaria, dejando atrás la imponente silueta de la mansión Volkov, reducida a una mancha oscura contra el lienzo blanco de la nieve. Gianni condujo varios kilómetros, hasta un desvío abandonado, un claro en medio de un bosque de abetos cargados de nieve. Detuvo el coche con un chirrido suave sobre la gravilla helada. Apagó el motor. El silencio, repentino y absoluto, fue tan denso como el frío que penetraba el cristal.
Salió, el aire gélido golpeánd